LO ILÓGICO DE EMPLEAR LA LÓGICA.


¿Cuántas veces hemos intentado convencer a alguien de que estaba equivocado sin obtener un cambio por su parte?. ¿Cuántas veces alguien nos ha explicado los perjuicios de persistir en un comportamiento pero hemos insistido en él?. ¿Cómo es que las personas sabemos que hay una amplia cantidad de conductas que nos perjudican pero las ponemos en práctica, por mucho que tengamos conocimiento de las consecuencias negativas?.

La respuesta, una vez más, se encuentra en nuestro cerebro. Los argumentos lógicos pretenden activar aquellas regiones diseñadas para "hacer lo correcto", lo que se supone que es lógico. Pero la realidad es que las personas nos movemos por otro tipo de lógicas aparentemente ilógicas. Por ejemplo, la lógica del placer o la de evitar aquello que nos hace daño. Tenemos un cerebro emocional que nos ayuda a aproximarnos a lo que nos gusta y a alejarnos de aquello que nos produce dolor. Por eso, un discurso que sólo intenta activar las regiones lógicas suele caer en saco roto porque es una argumentación que no consigue "conmovernos" ni ponernos en marcha.



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